(POV de Alejandro)
El rugido del río torrencial era lo único lo bastante fuerte para ahogar el constante y burlón eco del estertor final de Julián Boscán en mis oídos.
Llegamos a la línea de frontera sur justo cuando la escarcha de medianoche comenzaba a solidificar el barro. Los caballos estaban cubiertos de espuma blanca, con el aliento llegando enviolentas y entrecortadas columnas bajo la luz de la luna. Levanté la mano, señalando a la vanguardia que se detuviera.
—¡Veinte minutos! —grité po