Los días pasan y siento que nada de lo que hago mejora mi situación con mi suegro, es difícil estar así, me siento en tres y dos cuando estoy con Edward y él está presente. Nada de lo que hago termina por gustarle y estoy demasiado clara de que el gruñón no me pasa ni con agua.
Una mañana en la que estoy tranquila y en completa paz en la soledad de la cocina, degusto con verdadero deleite un pedazo de tarta que hizo la nana, cuando de repente oigo a mi lado:
—¿Otra vez comiendo dulce?
El ogro