Mientras tanto, en el corazón de la ciudad, Leonard Wessex descendía de su automóvil con una calma fingida.
Su porte era aún elegante, aunque el leve rastro de ojeras revelaba que no había dormido bien.
Los empleados de la agencia levantaron la vista con desconcierto cuando lo vieron pasar. Sabían quién era. Sabían lo que representaba. Y también sabían, por rumores, que ese hombre era el esposo de su jefa.
Pero él no se detuvo.
Entró como una sombra que trae tormenta.
Abril estaba en su oficina,