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Tres de la mañana. El sótano había dejado de ser refugio temporal y se había convertido en sala de guerra improvisada. Nadie dormía. Los niños más pequeños habían finalmente sucumbido al agotamiento—Mateo, Lucas, y las dos Sofías acurrucados en el colchón bajo mantas que alguien había bajado—pero los adultos permanecían despiertos, cafeinados, tensos.

Lorenzo estaba de pie frente a un pedazo grande de papel que Morales había pegado a la pared del sótano. Con un marcador negro, dibujaba el jardín
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