Esa noche, Arlet soñó con manos que apretaban su cuerpo, con labios que dejaban un rastro ardiente en su piel. Las imágenes del causante eran en su mayoría borrosas, de momento veía unos ojos azules, pero luego le parecía ver qué eran de un verde intenso.
En plena madrugada se despertó completamente sudorosa, dándose cuenta de que apretaba con fuerza las sábanas.
—¿Y esto qué es?—se dijo enderezándose en la cama.
Jamás había tenido un sueño tan abrumador y, mucho menos, tan realista.
Se puso