—¡El señor Horacio! ¡El señor Horacio!—lloró la joven, mientras era subida a la fuerza a un auto.
—Olvídate de ese viejo, Arlet.
—¡No!—Arlet lo miró como si acabará de decir un disparate— ¡Es mi amigo!—se negó con voz temblorosa.
—Esas personas no son tus amigos—la cortó Nicolás, buscando hacerla entrar en razón.
—No, si lo son, él…
—Él era el cómplice de ese tipo—continuó—. Te raptaron, ¿ya lo olvidaste?
Ella se quedó en silencio con sus ojos humedecidos, pensando en lo mucho que debería e