Su corazón no había logrado disminuir el ritmo en sus latidos, seguía igual de acelerado, igual de inestable. El mínimo movimiento, el mínimo sonido, parecía ser capaz de despertar en su interior un estallido.
¡Boom!
Arlet escuchó la explosión en sus sentidos y comenzó a sudar frío. El hombre se subió en el auto justo a su lado, mientras el chófer empezaba su recorrido.
Instintivamente, se arremolinó en el asiento junto a la ventana, en el otro extremo. Permitiendo así que existiera un puest