Irene me llamó a su despacho el primer lunes de mayo.
Tenía en la mesa el artículo publicado en la revista de la facultad, impreso, con notas en los márgenes con su letra pequeña y precisa.
—Lo leí —dijo.
—¿Y? —dije.
—Es bueno —dijo—. Técnicamente riguroso, bien aplicado, con conclusiones que se sostienen. —Hizo una pausa—. Y también es obvio que los datos reales en los que se basa no son los que aparecen en el artículo.
Me quedé quieta.
—Los datos del artículo son reales —dije—. El contexto se