Fuimos al museo.
No lo habría adivinado si me hubieran dado cien intentos, pero Adrián Valente conocía el museo de arte contemporáneo de la ciudad con una familiaridad que sugería visitas regulares. No turísticas. Del tipo que se hace cuando un lugar te resulta útil para pensar.
Me lo dijo mientras mirábamos una instalación de luz que proyectaba patrones geométricos sobre las paredes blancas.
—Vengo cuando necesito desconectar del análisis —dijo—. El arte que no entiendo completamente me obliga