Los días posteriores a la ruptura en la habitación del hotel transcurrieron como un ejercicio de supervivencia silenciosa. La distancia emocional que habíamos decidido interponer entre nosotros se convirtió en una muralla de hormigón armado, un muro invisible pero infranqueable que separaba nuestros mundos dentro de la facultad de derecho. Habíamos vuelto a las reglas originales, a la versión más fría y distante de nuestra relación: profesor y alumna, separados por un estrado, por códigos civiles y por una prudencia forzada que dolía más que los propios gritos.
Gemma cumplía con lo estrictamente necesario. Asistía a mis clases porque la normativa de asistencia no le dejaba margen, pero su presencia en el aula se había transformado en una sombra silenciosa. Ya no me miraba de la misma manera. Aquel brillo desafiante, la complicidad traviesa que antes iluminaba sus ojos cuando nuestras miradas se cruzaban por encima de las cabezas de los demás alumnos, había sido sustituido por una indiferencia calculada y pétrea. Se sentaba siempre en la última fila, con la espalda rígida, tomando apuntes con una meticulosidad obsesiva, como si el simple acto de concentrarse en la lección fuera un escudo para evitar mirar hacia el frente.
Yo intentaba mantener la compostura, refugiándome en mis códigos, en las sentencias judiciales, en la redacción de informes académicos y en la monotonía de mis cátedras. Pero por dentro, la ausencia de su pulso, el eco de su voz reclamándome y la certeza de que había sido mi propio orgullo el que la había alejado, me consumían a fuego lento. Había ganado la discusión, tal como lo había planeado en mi torre de marfil, pero el premio había sido quedarme con las manos vacías.
La tensión alcanzó su punto crítico un jueves por la mañana, en las horas posteriores a la finalización de mi clase magistral. Me encontraba en la sala de profesores, revisando unos expedientes junto a la ventana que daba al patio central, cuando escuché fragmentos de una conversación provenientes del pasillo contiguo. La voz era inconfundible: era la de Gemma. Sonaba tensa, quebrada por un cansancio acumulado que iba mucho más allá de las horas de sueño perdidas.
A través de la puerta entreabierta, alcancé a verla de pie frente al escritorio de la profesora Martínez, la jefa del departamento académico.
—Por favor, profesora Martínez, tiene que haber alguna forma de tramitar el cambio —suplicaba Gemma, con las manos aferradas con fuerza a la correa de su bolso, los nudillos completamente blancos—. Necesito retirar mi inscripción en la cátedra de Derecho Mercantil de este semestre. No me importa si tengo que cursarla en el turno nocturno, o el próximo año con otro profesor, o hacer un trabajo de suficiencia. Estoy dispuesta a lo que sea, pero necesito cambiar de materia.
Me quedé completamente inmóvil, con un expediente abierto entre las manos que ya no era capaz de leer. La idea de que ella quisiera borrar todo rastro de mi clase, de que estuviera dispuesta a alterar su expediente académico completo con tal de no volver a verme a los ojos, me golpeó en el pecho con la fuerza de un puñetazo invisible.
Se está escapando, pensé, sintiendo que el suelo bajo mis pies perdía estabilidad.
Está dispuesta a quemar su propia carrera universitaria con tal de no volver a coincidir conmigo. Del otro lado del pasillo, la profesora Martínez suspiró con pesadez, ajustándose las gafas sobre el puente de la nariz antes de responder con esa rigidez burocrática tan típica de la administración universitaria.
—Lo siento mucho, Gemma, pero las normativas internas son muy claras en este punto —explicó la jefa de departamento con tono comprensivo pero inflexible—. Estamos a mitad de semestre. Los plazos ordinarios y extraordinarios para modificación de matrícula, cambio de secciones y sustitución de materias vencieron hace más de un mes. Hacer una excepción en este punto no solo altera los registros del decanato, sino que genera un precedente administrativo que no podemos permitir. Estás obligada a cursar y aprobar la materia con el profesor asignado para poder optar al título. Lo lamento, pero es imposible.
—Pero es que... tiene que haber una vía de excepción, un recurso, un informe médico, algo... —la voz de Gemma se quebró por completo, perdiendo la poca firmeza que le quedaba, mientras su respiración comenzaba a volverse superficial y errática—. Mi promedio no puede verse afectado por esto, pero tampoco puedo... simplemente no puedo seguir...
—Gemma, cálmate. Te noto muy pálida —interrumpió la profesora Martínez, levantándose de su asiento con evidente preocupación al ver que la chica se tambaleaba ligeramente y se llevaba una mano a la frente—. ¿Te sientes bien? Ven, siéntate aquí un momento, voy a buscar un vaso con agua...
No esperé a escuchar más. Dejé caer el expediente sobre el escritorio con un golpe sordo y salí de la sala de profesores a grandes zancadas.
Cuando llegué al pasillo, Gemma ya estaba apoyando una mano contra la pared de piedra, intentando mantener el equilibrio mientras el color de su rostro desaparecía por completo, reemplazado por una palidez grisácea y enfermiza. Sus ojos estaban vidriosos, enfocando el vacío con dificultad, y sus piernas comenzaron a temblar de manera descontrolada. El peso de las últimas semanas, las noches sin dormir, la culpa, el estrés de mantener una farsa con su prometido y la asfixia emocional de nuestra ruptura habían terminado por quebrar la última línea de resistencia de su cuerpo.
—¡Gemma! —exclamé, rompiendo toda la distancia protocolaria que habíamos jurado mantener ante los demás.
Antes de que pudiera desplomarse por completo contra el suelo de baldosas frías, corrí los pocos metros que nos separaban y la atrapé en el aire, rodeando su cintura con fuerza justo a tiempo para evitar que golpeara la cabeza contra la mampostería.
—¡Profesor West! —exclamó la profesora Martínez, retrocediendo un paso con los ojos muy abiertos por la sorpresa ante mi reacción tan poco profesional y desesperada—. La estudiante... parece que ha sufrido un desmayo. Está deshidratada o sufriendo un colapso por agotamiento. Hay que llevarla a la enfermería de inmediato.
—Yo me encargo —dije, con una voz que sonaba extrañamente dura, aunque por dentro sentía que el mundo se me desmoronaba al verla tan frágil entre mis brazos.
Ignoré las miradas de los pocos alumnos y profesores que a esa hora transitaban por el pasillo y que se detenían a observar la escena con curiosidad. No me importaron los protocolos, ni los rumores que inevitablemente comenzarían a circular por la facultad en cuanto la noticia llegara al decanato. En ese preciso instante, la única verdad que importaba era el cuerpo inerte y liviano de Gemma contra mi pecho, su respiración débil y el perfume que se había convertido en mi propia condena.
Sin pedir permiso y sin importarme las consecuencias, la tomé en brazos, alzándola por completo del suelo con una facilidad que demostraba la tensión extrema de mis propios músculos. Su cabeza recayó pesadamente contra mi hombro, y un leve gemido de inconsciencia escapó de sus labios agrietados.
—Abra la puerta de la enfermería si está abierta, o busque al médico de guardia ahora mismo —le ordené a la profesora Martínez con un tono de mando absoluto que no admitía réplicas, antes de emprender el camino a paso rápido hacia el ala médica del edificio principal.
Mientras caminaba por los pasillos, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela de mi traje, una rabia sorda y amarga crecía en mi interior. Una rabia dirigida exclusivamente hacia mí mismo. Yo había querido reglas claras. Yo había exigido distancia. Yo le había recordado que no éramos exclusivos, empujándola a un límite emocional insostenible con tal de proteger mi estúpido orgullo y mi necesidad de control. Y el resultado estaba allí, en mis brazos: una mujer brillante, hermosa y valiente, completamente rota por culpa de mis propias decisiones.
Llegamos a la enfermería. La enfermera de guardia, una mujer de mediana edad con expresión severa, se sobresaltó al vernos entrar de esa manera, pero al notar la urgencia en mi rostro y la palidez extrema de la chica, se movió con rapidez, indicándome que la depositara sobre la camilla blanca.
—Déjenla aquí. Desabróchenle el cuello de la camisa y levéntenle un poco los pies para favorecer el flujo sanguíneo —ordenó la enfermera, acercándose con un algodón con alcohol y un estetoscopio—. ¿Qué le ha pasado? ¿Es alumna suya?
—Sí... es una de mis alumnas —mentí con absoluta naturalidad, aunque la palabra "alumna" sonaba en ese momento como la mentira más grotesca y dolorosa del universo—. Tuvo un golpe de calor y bajada de tensión debido al exceso de estudio.
—Los exámenes finales siempre estresan demasiado a los chicos de esta facultad —comentó la enfermera con resignación, comenzando a tomarle el pulso en la muñeca—. Estará bien, solo necesita descansar, hidratarse y bajar el ritmo. Ha tenido un colapso nervioso leve por agotamiento físico.
Me quedé de pie al lado de la camilla, con las manos apoyadas en el borde de metal, observando su rostro pálido y relajado por el desvanecimiento. Sus pestañas oscuras descansaban sobre sus mejillas, y el cabello castaño se esparcía desordenadamente sobre la almohada blanca. Ya no había rastro de la mujer desafiante que me había plantado cara en la habitación del hotel, ni de la alumna fría que intentaba borrar su nombre de mis listas. Solo quedaba Gemma, la variable que había destruido todas mis certezas, la única persona en el mundo capaz de arrodillar mi orgullo sin decir una sola palabra.
—Puede retirarse, profesor West. Yo me encargo de ella a partir de aquí. Cuando despierte, le daremos un suero y la dejaremos reposar un par de horas —dijo la enfermera, mirándome con una mezcla de respeto profesional y ligera extrañeza ante la intensidad con la que yo no apartaba los ojos de la paciente.
—No me voy a ir —repliqué con voz firme, con un tono que no dejaba lugar a debates—. Me quedaré aquí hasta que despierte.
La enfermera abrió la boca para protestar, argumentando las normas del área médica, pero al cruzarse con mi mirada —la misma mirada oscura y severa que hacía temblar a los alumnos en el aula magna— optó por guardar silencio, suspiró y se giró hacia el armario de suministros para preparar la vía intravenosa.
Me senté en la silla de plástico junto a la camilla, tomé la mano fría y pálida de Gemma entre las mías y entrelacé mis dedos con los suyos, sin importarme quién pudiera entrar por la puerta. El orgullo se había derrumbado por completo. Las reglas ya no existían. Lo único que importaba era que ella abriera los ojos y me permitiera, de alguna manera, enmendar el desastre que yo mismo había provocado.