Capítulo 24: El peso de las palabras

 (Perspectiva de Nolan)

La primera luz del amanecer se filtraba de manera perezosa a través de las rendijas de las pesadas cortinas del hotel, proyectando sombras alargadas sobre la habitación. El aire estaba cargado con el olor a sábanas revueltas, perfume caro y el rastro inconfundible de nuestra noche juntos. Gemma seguía profundamente dormida a mi lado, con una mejilla aplastada contra la almohada y una de sus manos descansando sobre mi pecho desnudo. Su respiración era pausada, casi frágil, en total contraste con la ferocidad con la que nos habíamos entregado pocas horas antes.

Me quedé inmóvil, observando el techo, con los brazos cruzados bajo la nuca y la mandíbula tensa.

Mi mente no estaba en calma. A pesar de la quietud del momento, una inquietud sorda y corrosiva me trabajaba por dentro desde el instante en que vi aquel mensaje en la pantalla de su teléfono. Finn. El nombre resonaba en mi cabeza como una bofetada a mi propio orgullo. Ella había inventado una excusa para quedarse, sí. Había postergado el encuentro con su prometido para pasar la noche conmigo en esta cama de hotel. Pero el simple hecho de que ese hombre existiera, de que tuviera un anillo comprado con la estúpida certeza de que ella le pertenecía, era un pensamiento que me encendía la sangre de una manera que me resultaba profundamente irritante.

Yo no era un hombre celoso. Los celos pertenecían al terreno de los débiles, de aquellos que necesitaban ataduras legales y promesas vacías para asegurar la lealtad de alguien. Yo me regía por la lógica, por el control absoluto, por la certeza matemática de que mis acciones siempre obtenían el resultado deseado. Y, sin embargo, la idea de que en pocas horas ella tendría que enfrentarse a él, mirarlo a los ojos y fingir que nada ocurría, me provocaba un nudo en el estómago que rozaba la náusea.

Gemma comenzó a moverse, emitiendo un pequeño susurro de queja cuando intenté cambiar de postura. Abrió los ojos lentamente, parpadeando para ajustarse a la luz de la mañana, y una sonrisa perezosa se dibujó en sus labios. Se estiró como un gato, acercándose a mi cuerpo y buscando refugio contra mi hombro.

—Buenos días, profesor West —murmuró su voz, ronca de sueño, mientras deslizaba una mano por mi pecho de forma distraída.

—Buenos días, Gemma —respondí, con un tono de voz deliberadamente plano, sin devolverle la sonrisa.

Ella percibió el cambio en el ambiente al instante. Sus dedos se detuvieron, y levantó la vista para examinar mi rostro, frunciendo ligeramente el ceño.

—¿Qué pasa? —preguntó, incorporándose un poco y apoyándose sobre un codo para mirarme mejor—. Tienes la cara de pocos amigos. Pareces a punto de dictar una sentencia judicial.

—No pasa absolutamente nada —dije, apartando la mirada hacia la ventana y retirándome con sutileza de su alcance para sentarme en el borde de la cama—. Tenemos que vestirnos. El conserje no tardará en recordarnos que el alquiler de la habitación expira en menos de una hora, y tú tienes una vida a la que regresar, o al menos un compromiso que pospusiste por unas horas.

Las palabras salieron de mi boca con una frialdad calculada, un veneno destilado con precisión milimétrica. Quería recordarle la realidad, poner distancia entre su cuerpo y el mío antes de que esta locura terminara por desdibujar los límites que yo mismo había trazado.

Gemma se quedó en silencio por unos segundos. La suavidad en sus ojos se desvaneció, reemplazada por un destello de confusión que rápidamente se transformó en una chispa de irritación. Se cruzó de brazos, cubriéndose con la sábana mientras me observaba con fijeza.

—¿De qué estás hablando, Nolan? —preguntó, su tono endureciéndose por momentos—. ¿A qué viene ese tono de repente? Anoche no te molestaba tanto que pospusiera mis planes. De hecho, fuiste tú quien se aseguró de que no me fuera.

—No me molesta en absoluto —repliqué con sequedad, poniéndome de pie y buscando mi camisa en el suelo para empezar a abrocharme los botones—. Haz con tu vida lo que te plazca, Gemma. Eres libre de ir a ver a tu prometido cuando consideres oportuno. Mi única preocupación es que las líneas de nuestra relación sigan claras.

—¿Líneas claras? —repitió ella, soltando una risa corta e incrédula, mientras salía de la cama sin importarle estar desnuda, plantándose frente a mí con una furia repentina que la hacía lucir peligrosa y hermosa a la vez—. ¿De qué líneas hablas, Nolan? ¿De las que te inventas cada vez que te entra el pánico porque las cosas se ponen demasiado reales?

—A mí no me entra pánico por nada, Gemma —dije, elevando ligeramente la voz mientras me ajustaba los puños de la camisa, intentando blindarme contra la verdad que sus palabras golpeaban con demasiada precisión.

—¡Claro que sí! —exclamó ella, dando un paso hacia mí, señalándome con el dedo índice con una determinación implacable—. Estás furioso. Tienes los ojos oscuros y la mandíbula tensa desde el momento en que sonó ese maldito teléfono anoche. No puedes soportar la idea de que mi vida continúe fuera de estas cuatro paredes, ¿verdad?

—Estás delirando —respondí con una frialdad glacial, negando con la cabeza y dándole la espalda para buscar mis zapatos—. Atribuyes a mis reacciones motivaciones infantiles. Yo no experimento celos, Gemma. Eso es un desperdicio de energía emocional.

—¿Celos? —dijo ella, deteniéndose en seco detrás de mí, su voz temblando de rabia contenida—. Yo no he pronunciado esa palabra... ¡pero acabas de delatarte tú solo! Yo ni siquiera había mencionado los celos, y tú te has apresurado a negarlos de la forma más defensiva posible.

Me giré bruscamente para enfrentarla, sintiendo que la situación se me escapaba de las manos. Mi orgullo estaba herido, y mi necesidad de control absoluto rugía pidiendo orden.

—No estoy celoso, porque no hay motivo para estarlo —espeté, cruzando los brazos sobre mi pecho y mirándola desde lo alto de mi autoridad fingida—. Partamos de una base lógica y contractual, ya que parece que tu memoria selectiva prefiere ignorar los términos de nuestro acuerdo: nosotros no tenemos exclusividad, Gemma.

La frase cayó en la habitación como una piedra pesada sobre un estanque de agua cristalina. El silencio que siguió fue absoluto, tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo.

Vi cómo el color desaparecía lentamente del rostro de Gemma. Sus ojos, que hasta hacía un segundo brillaban con la furia del desafío, se ensancharon en una mezcla de incredulidad y dolor puro. Las palabras que había lanzado no eran una teoría abstracta; eran un recordatorio cruel de las reglas del juego que yo mismo había redactado al principio de esta locura. Sin exclusividad. Sin promesas. Sin futuro.

—¿Eso es lo que soy para ti? —su voz salió en un susurro apenas audible, perdiendo toda la fuerza combativa que tenía un segundo antes—. ¿Una cláusula en un contrato? ¿Una opción sin exclusividad a la que puedes recurrir cuando te apetezca romper las reglas y descartar cuando el panorama se complique?

—No lo reduzcas al absurdo, Gemma... —comencé, intentando suavizar el tono, aunque mi cerebro se negaba a retroceder.

—No, Nolan, el único absurdo aquí es haber creído, ni por un solo segundo, que había algo más que tu ego satisfecho y tu necesidad de control —me cortó ella, con una dignidad feroz que me dejó mudo. Se giró sobre sus talones, caminó hacia donde había dejado su ropa tirada la noche anterior y comenzó a vestirse con una rapidez desesperada, temblando de rabia y conteniendo las lágrimas—. Qué idiota he sido. Me haces creer que me deseas, me obligas a quemar mis puentes, me encierras en esta habitación y luego me recuerdas que soy intercambiable.

—Gemma, espera, no seas irracional —le ordené, dando un paso al frente y extendiendo la mano para detenerla del brazo.

Ella se zafó de mi agarre con un movimiento brusco, sacudiéndose mi mano como si quemara. Su mirada ardía en un fuego helado que jamás le había visto.

—No me toques —escupió las palabras con un desprecio que me dolió más que cualquier golpe—. Quédate con tus contratos, con tus clases de derecho mercantil y con tus reglas perfectamente medidas. Quédate en tu torre de marfil. Yo ya terminé de jugar a ser tu secreto.

Sin decir una sola palabra más, terminó de abrocharse la chaqueta, tomó su bolso del suelo y se dirigió a la puerta con pasos firmes. Intenté moverme para bloquearle el paso, para retenerla por la fuerza como solía hacer cuando perdía el control, pero algo en su postura, en esa dignidad rota que irradiaba, me congeló en el sitio.

El pestillo sonó con un chasquido seco. La puerta se abrió de par en par, dejando ver el pasillo impersonal del hotel, y un segundo después se cerró con un golpe sordo que resonó en mis oídos como un trueno.

Me quedé solo en mitad de la habitación, rodeado de las sábanas desordenadas y del perfume que todavía impregnaba el aire. La miré fijamente a través de la puerta cerrada, sintiendo un vacío extraño y pesado en el centro del pecho. Por primera vez en mi vida, la lógica había ganado. Había defendido las reglas, había protegido el contrato, había negado los celos y había dejado claro que no existía exclusividad.

Había ganado la discusión. Y, sin embargo, mientras el silencio volvía a apoderarse de las cuatro paredes del hotel, tuve la certeza absoluta de que acababa de perder lo único que realmente importaba.

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