Capítulo 26: La confesión en la penumbra

 (Perspectiva de Nolan)

La enfermería se habíа sumido en un silencio espeso, roto únicamente por el zumbido constante del aire acondicionado y el goteo rítmico del suero que entraba lentamente en el torrente sanguíneo de Gemma. La enfermera había tenido la decencia —o la prudencia— de dejarnos a solas tras terminar de canalizarle la vía, retirándose al consultorio contiguo y cerrando la puerta a medias.

Me quedé sentado en la misma silla de plástico junto a la camilla, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas frente al rostro. No me había movido en más de una hora. La luz de la tarde comenzaba a teñir las paredes blancas de la habitación con tonos ámbar y anaranjados, anunciando el final de otra jornada que parecía eterna.

Gemma seguía dormida. Su respiración, aunque ahora más regular gracias al líquido intravenoso y al descanso, continuaba siendo el testimonio silencioso de un cuerpo que había dicho basta. Su rostro mantenía esa palidez preocupante, y las ojeras oscuras bajo sus ojos reflejaban con crudeza las semanas de insomnio, de culpa, de mentiras y de tensión insostenible a las que la había sometido. Cada vez que la miraba allí tendida, tan frágil y desarmada, una punzada afilada me atravesaba el pecho. La culpa, ese concepto que yo siempre había considerado una debilidad ajena a mi intelecto, se instaló en mis costillas con el peso de una losa de cemento.

Había sido yo. Mi maldito orgullo, mi necesidad patológica de mantener el control absoluto, mi terror paralizante a admitir que una mujer había logrado desarmar todas mis estructuras mentales en cuestión de semanas. Cuando le dije aquella noche en el hotel que no teníamos exclusividad, cuando esgrimí el contrato y la lógica fría para distanciarla, lo único que estaba haciendo era huir. Huir del pánico irracional de perder el dominio de mi propia vida. Quise proteger mi torre de marfil, y lo único que conseguí fue empujarla al colapso físico y mental.

Me incliné hacia adelante, apoyando una mano sobre el borde frío de la camilla y extendiendo la otra para rozar con la yema de mis dedos los nudillos de su mano derecha. Estaba fría. Enlacé mis dedos con los suyos, buscando un contacto que ella no podía devolverme en ese momento, pero que yo necesitaba desesperadamente como un náufrago aferrándose a una tabla de madera en mitad de la tormenta.

—Mírate... —susurré al vacío, con la voz ronca y quebrada, un sonido que apenas si reconocí como mío—. Mírate cómo has terminado por mi culpa, Gemma. Y yo sigo aquí, sentado frente a ti, intentando buscar una explicación racional para algo que hace mucho tiempo dejó de tener sentido lógico.

Durante semanas me había repetido que lo nuestro era un error temporal, una distracción pasajera, un acuerdo clandestino entre un profesor y una alumna que debía terminar antes de que destruyera nuestras reputaciones. Me había aferrado a los códigos, a los reglamentos de la universidad, a la decencia académica como si fueran escrituras sagradas. Pero sentirlas allí, en el silencio de esa enfermería, esas palabras sonaban como excusas patéticas de un hombre aterrorizado.

No era una distracción. Jamás lo había sido.

Pasé la otra mano por mi rostro, frotándome los ojos con frustración antes de volver a mirarla. Su cabello castaño se esparcía sobre la almohada, y un mechón rebelde le caía sobre la frente. Con una delicadeza que jamás había mostrado en el aula ni con ninguno de mis antiguos colegas, me incliné y aparté ese mechón de su rostro, dejando que mis dedos acariciaran con suavidad su mejilla. Su piel estaba suave, tibia a pesar del frío de la habitación.

—Fui un cobarde, Gemma —confesé en un susurro apenas audible, sabiendo que las paredes vacías eran las únicas testigos de mi rendición incondicional—. Te exigí fuerza cuando lo único que estabas haciendo era sostenernos a los dos. Te pedí que jugaras con mis reglas porque tenía miedo de que, si te demostraba lo mucho que te necesitaba, pudieras destruirme por completo. Y mira la ironía... lo conseguiste de todas formas, sin proponértelo, simplemente siendo tú.

El monitor de suero emitió un leve parpadeo. Me acerqué un poco más a su rostro, sintiendo el calor de su respiración contra mi barbilla. La tentación de besarla era una urgencia física que me quemaba por dentro, pero esta vez no había desesperación ni la prisa voraz del deseo clandestino; había una necesidad profunda de anclarla a la vida, de transmitirle a través de los labios toda la fuerza que ella parecía haber agotado.

Apoyé mis labios con infinita suavidad sobre los suyos. Estaban fríos y ligeramente secos. El beso fue lento, un contacto casi reverente, una disculpa muda y desesperada convertida en caricia. No hubo respuesta por su parte; ella seguía sumida en el sueño profundo del agotamiento, con los párpados cerrados y el cuerpo entregado al descanso que le había negado su propio cuerpo.

Cuando me separé, mi frente quedó apoyada contra la suya, y una lágrima —la primera que derramaba en años, una lágrima caliente y amarga que me quemó la piel— escapó sin mi permiso, rodando por mi mejilla hasta perderse en el borde de su almohada.

—Te mentí cuando te dije que no me importaba lo que hicieras con tu vida fuera de aquí —continué hablando, con la voz rota, confesando aquello que mi orgullo jamás me había permitido decir en voz alta—. Me importa todo. Cada segundo que pasas con ese hombre, cada vez que tienes que sonreírle, cada vez que finges que perteneces a un mundo del que ya te has marchado... me quema por dentro como si me arrancaran la piel a jirones. No soporto la idea de que otro toque lo que es mío. Y sé que suena arrogante, sé que suena a la misma posesión estúpida de siempre, pero no me importa. Eres mía, Gemma. Te guste o no, te lo hayamos firmado en un contrato o no, ya no hay vuelta atrás.

Me incorporé ligeramente, sujetando su mano con más firmeza, sintiendo cómo el pulso de mis propias sienes latía al ritmo de una promesa que acababa de sellar en el silencio de esa habitación.

—No voy a permitir que te cases con él —dije, y esta vez mi voz recuperó esa autoridad férrea, esa determinación inquebrantable que no admitía debate ni posibilidad de derrota—. Puedes odiarme, puedes intentar cambiar de materia, puedes huir al otro extremo del país o intentar borrar cada rastro de lo que hemos construido. Pero te juro que no lo voy a permitir. Antes de que ese hombre te ponga un anillo en el dedo y te arrastre a una vida de mentiras, quemaré esta universidad, haré añicos todos mis códigos y destruiré todo lo que he construido.

Hice una pausa, apretando su mano contra mi pecho, justo donde el corazón me golpeaba con furia.

—No te vas a casar con él, Gemma. Porque tú eres mía. Y voy a encargarme de que el mundo entero, incluido tu prometido, lo entienda antes de que sea demasiado tarde.

Me quedé allí, sentado a su lado, sosteniendo su mano y observando su rostro en la penumbra mientras la tarde daba paso a la noche. La tormenta interna no se había calmado, y sabía perfectamente que lo que venía en los próximos días iba a ser una batalla campal contra las expectativas sociales, contra su compromiso, contra su propia resistencia y contra los escándalos inevitables de la facultad.

Pero ya no había vuelta atrás. Las reglas se habían roto definitivamente, el contrato había dejado de existir y el hombre frío y calculador que había entrado a esa universidad al comienzo del semestre había muerto en el momento exacto en que la vio desplomarse en el pasillo. Lo único que quedaba era Nolan West, un hombre dispuesto a quemar su propio imperio con tal de no perder a la única mujer que le había enseñado a latir.

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