El silencio después de que Lía se fue no fue silencio.
Fue ruido.
Uno que se metía en la cabeza de Kael, en su pecho, en su pulso… en todo lo que había intentado mantener bajo control durante años.
Respiró hondo.
Una vez.
Dos.
Inútil.
Porque ahí seguía.
Su olor.
Su calor.
Su voz.
(Eso no es fuerza… es miedo.)
Kael apretó los dientes.
—No —gruñó para sí mismo.
Pero la palabra no tenía peso.
No cuando su cuerpo todavía reaccionaba al recuerdo de ella tan cerca. Demasiado cerca.
Maldita fuera.
Mal