Jack.

Observé la puerta cerrarse y, con ella, mi oportunidad de enmendar las palabras torpes que habían salido de mi boca.

El suave *clic* de la cerradura sonó como un eco en mi cabeza, y un gruñido frustrado me subió por la garganta. No era que no pudiera seguirla y obligarla a terminar la conversación; es que, por primera vez en mucho tiempo, sentí que necesitaba darle espacio. Había logrado ofenderla —aunque no era mi intención— y, siendo el idiota que soy, aquí estaba: sentado solo, mirando u
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