Soland ya se había marchado sin mencionar una sola palabra más sobre la lista de mujeres que había pasado toda la noche preparando.
Después de ver a su sobrino con su esposa, comprendió que era hora de soltarlo. La advertencia del asistente Brown había sido certera: insistir más solo empeoraría su ya tensa relación con Damian.
De vuelta en la sala de lectura, Livia se volvió hacia su marido.
—Cariño, ¿por qué dejaste que tu tío se arrodillara así? —preguntó, con un matiz de reproche en la voz.