Livia hizo un puchero. —Cariño, ¿por qué te detuviste?
Su rostro, que un instante antes rebosaba asombro y emoción, se torció en una mueca de decepción. Sus labios se adelantaron en una protesta infantil. Había estado disfrutando cada segundo de tensión, y aun así, Damian tuvo el descaro de detenerse justo en la mejor parte. Era como ver una telenovela y que, de pronto, apareciera en pantalla el maldito “Continuará”.
—Estoy cansado —dijo Damian con toda calma, riendo al ver la carita malhumorad