Con los ojos todavía cerrados y el sueño aferrándose a él, Damian extendió la mano hacia el otro lado de la cama. Su mano, que normalmente se acurrucaba cálida sobre el hombro de su esposa, no encontró más que sábanas frías.
Claro… ella no estaba allí.
Damian siempre se sentía inquieto cuando Livia se levantaba antes de que él despertara. Afuera, el mundo seguía sombrío, con ese azul profundo que indicaba que era plena noche.
—¿Dónde está mi Livia? —susurró para sí.
—¡Livia! —su voz resonó por