Livia había nacido en una familia adinerada, pero siempre había recibido un trato de segunda categoría en comparación con sus hermanos. Lisa y David eran la prioridad de su madrastra en absolutamente todo: educación, necesidades diarias, incluso los más pequeños caprichos.
Sin embargo, por alguna razón, Livia nunca sintió celos. Lo que anhelaba no era dinero ni cosas lujosas, sino afecto parental. Una caricia en la cabeza, una palabra de elogio por sus logros en la escuela. Pero, por mucho que