La cena de aquella noche tuvo un sutil, pero brutal, reacomodo.
La señora Alexander movió apenas su silla, lo suficiente para dejar un lugar junto a Damian—para Helena.
Tras volver del despacho, Helena no habló mucho. Caminaba en silencio detrás de Damian y solo respondía cuando la señora Alexander o Sophia le dirigían la palabra.
Livia, sentada a su lado, intentaba descifrar la expresión de Damian. Pero sus pensamientos estaban sellados a piedra y cal. Sus ojos no le daban la más mínima pista.