La noche aún no había terminado.
Para Livia, la paz solo llegaba cuando los ojos de Damian estaban cerrados. Hasta entonces, su guardia tenía que permanecer alta y firme.
—¿Dónde está mi celular?
Livia se lo entregó, que acababa de recuperarlo de la mano del señor Matt. Al igual que ella, el mayordomo se había quedado en el despacho detrás de Damian.
—No entren. —La voz de Damian sonó fría.
El señor Matt hizo una reverencia y salió en silencio.
Y así, Livia quedó sola con el diablo en persona.