Al escuchar lo que Livia dijo, Damian soltó una risa baja, oscura, peligrosa.
El sonido la hizo encogerse instintivamente. Frunció el ceño, con un escalofrío recorriéndole la espalda.
Se apartó poco a poco, intentando escapar de esa pesada aura que la envolvía como una tormenta.
Demasiado tarde.
La mano de Damian se cerró sobre su hombro y la empujó con fuerza.
Ella cayó de espaldas sobre el colchón, las manos buscando a tientas algo con lo que pudiera protegerse.
No había nada.
Las almohadas,