Pasada ya la medianoche.
Damian acababa de terminar lo suyo. A su lado, Livia dormía profundamente, completamente indefensa.
Se quedó mirándola en silencio un instante.
Su cabello estaba desparramado sobre la almohada como seda enredada. Damian lo revolvió con suavidad y dejó escapar una ligera risa al ver sus labios pequeños, entreabiertos en el sopor del sueño.
Con los dedos, le dio un golpecito en la mejilla antes de apartarle el cabello de la oreja.
—Gracias por amarme —susurró.
Se inclinó