El siguiente asalto de la pelea ni siquiera había comenzado. Nadie sabía si acabaría pronto… o si estallaría en otra ronda de gritos hasta que los nervios reventaran.
Livia se preparó, los ojos apretados con fuerza.
Pero el golpe nunca llegó.
En su lugar, sintió la mano de Damian posarse sobre su cabeza.
No era una caricia suave.
Tampoco violenta.
Solo… pesada.
Sus ojos se abrieron lentamente.
—Lo siento —susurró—. Debí volverme loca, diciendo todas esas tonterías.
No se atrevía a mirarlo a los