—En aquel momento, estuve seguro de que la muerte me había alcanzado, hasta que sentí la suavidad de sus dedos tocando mi piel. Fue como si el sol, con su calidez, adquiriera solidez y me acariciara.
En el sillón frente a su lecho, Eris oía atentamente cada palabra de la historia narrada por Akal.
—No había ninguno de mis huesos que siguiera entero; mi cuerpo se había convertido en un charco, disperso en la tierra negra del abismo. Ella, con su voz, comenzó a darle forma y volví a ser lo q