SOFIA
Empecé a fijarme en la gente.
No en las cámaras, ni en las cerraduras, sino en las sombras vivientes que mantenían la máquina en marcha. Estaban por todas partes, pero no ocupaban espacio. No se las oía acercarse; no se las veía marcharse. Las cosas simplemente sucedían. Aparecía la comida. Las superficies se reponían solas. La casa respiraba a través de ellas, silenciosa e invisible.
No era solo eficiencia. Era una distancia ensayada, clínica. Decidí ver dónde terminaba esa distancia.
Cl