Aquel fue el primer beso de Susan, pero la experiencia distó mucho de ser maravillosa.
Solo sintió dolor y el sabor metálico de la sangre en la boca. En cuanto encontró una pequeña oportunidad para respirar, gritó desesperada:
—¡Suéltame, Genaro!… Genaro… ¡No puedes hacer esto!
—¡Claro que puedo! —respondió él con una determinación autoritaria.
Le había gustado en secreto desde la primera vez que la vio. Al principio, solo le pareció que sus ojos se asemejaban a los de su difunta madre, lo que le inspiraba una cercanía especial. Sin embargo, con el paso del tiempo y el trato constante, se dio cuenta de que sus sentimientos iban más allá; simplemente estar con ella le provocaba una alegría inmensa. Jamás le importó la diferencia de edad, lo único que le interesaba era su compañía.
No obstante, hasta ese momento se había tratado solo de un gusto platónico. A sus dieciocho años, Genaro no tenía las mismas curiosidades morbosas que otros chicos de su edad y nunca le había interesado
Cuand