Aquel fue el primer beso de Susan, pero la experiencia distó mucho de ser maravillosa.
Solo sintió dolor y el sabor metálico de la sangre en la boca. En cuanto encontró una pequeña oportunidad para respirar, gritó desesperada:
—¡Suéltame, Genaro!… Genaro… ¡No puedes hacer esto!
—¡Claro que puedo! —respondió él con una determinación autoritaria.
Le había gustado en secreto desde la primera vez que la vio. Al principio, solo le pareció que sus ojos se asemejaban a los de su difunta madre, lo que