—¡Soy demasiado joven para usar ropa de colores tan apagados! —respondió Cristina con honestidad, sin percatarse de que la cara de Paolo, ya de por sí sombría, se tensaba aún más.
Sus facciones marcadas irradiaban peligro mientras se inclinaba hacia ella.
Ella se quedó quieta un instante. Tarde, se dio cuenta de su error y forzó una sonrisa en su carita.
—De hecho... bueno... el gris no te hace ver tan viejo.
—¿Ah, sí? —Paolo mostró su enojo, resaltando cada palabra.
—Sí, sí, es la pura verdad, ¡no dudes de tu buen gusto! —sostuvo su mirada de águila y parpadeó rápido, ocultando su nerviosismo.
—¡Entonces ponte este saco! Y otra cosa... —el hombre estaba de verdad disgustado.
—¿Y qué más?
Paolo guardó silencio. Su mirada se clavó en el vestido amarillo brillante que ella llevaba. Ordenó:
—Y de ahora en adelante tienes prohibido usar ropa tan llamativa. ¿A quién quieres provocar? ¡Ya no eres una niña!
La cara de Cristina palideció. Lo fulminó con la mirada y protestó en voz baja.
—Tú f