Una hora de placer es demasiado breve para dos personas que arden en deseo.
Por mucho que quisiera quedarse, debía partir. El desenfreno no pareció afectarle; al contrario, se veía radiante y sus ojos brillaban con agudeza. Después de descargar su pasión en la mujer que amaba, se sentía lleno de energía.
—Muchachita, tengo que irme. Tú quédate dormida, no me acompañes. En cuanto arregle los asuntos allá, volveré por ti.
Cristina yacía agotada en la amplia cama, mirándolo con los ojos entrecerra