Una hora de placer es demasiado breve para dos personas que arden en deseo.
Por mucho que quisiera quedarse, debía partir. El desenfreno no pareció afectarle; al contrario, se veía radiante y sus ojos brillaban con agudeza. Después de descargar su pasión en la mujer que amaba, se sentía lleno de energía.
—Muchachita, tengo que irme. Tú quédate dormida, no me acompañes. En cuanto arregle los asuntos allá, volveré por ti.
Cristina yacía agotada en la amplia cama, mirándolo con los ojos entrecerrados. Le molestaba verlo tan fresco, listo para irse como si nada. Habló con tono resentido.
—¿Tanta prisa tienes por ver a tu amante?
En el fondo, le dolía que se fuera. Incluso extrañaba ya el calor de su abrazo. Al escuchar que se marchaba, sintió un nudo en la garganta.
Paolo torció la boca con resignación, se acercó y le tocó la punta de la nariz.
—¿Cuál amante? No digas tonterías. Desde que estoy contigo, he sido solo para ti.
Ella rio y le hizo un gesto burlón.
—¡Sí, claro! Quién sabe qué