Cristina despertó envuelta en el sonido incesante del celular. Sacó su mano de entre las cobijas y, tras varios intentos, logró agarrar el celular que descansaba al borde de la cama.
—Bueno... —Su voz soñolienta viajó a través de la línea hasta los oídos de Paolo.
Recién bajado del avión, Paolo había ignorado un sinfín de llamadas perdidas que parecían de vida o muerte; su prioridad era hablar con su pequeña. Al escuchar ese tono perezoso y sensual, no pudo evitar sonreír.
—¿Sigues dormida? Pareces un oso invernando.
—Mmm... —Cristina entrecerró los ojos, todavía procesando la realidad. Tardó unos segundos en responder con su habitual agudeza—: ¡Tú eres el oso!
—¿Ya despertaste bien? —preguntó él con ligereza, sin inmutarse por el insulto.
Se estiró, dejando escapar un bostezo largo y suave.
—Ajá... tengo mucho sueño...
—¿Te desperté? —El tono de Paolo se volvió cariñoso.
—Pues claro. Mira nada más, ni siquiera cuando estás en otro país me dejas dormir en paz. Ya era suficiente con qu