Cuando Cristina se despertó por la mañana, sentía la garganta en llamas.
La cabeza le pesaba; probablemente era por todas las veces que Romina la había obligado a meterse bajo el agua fría la noche anterior.
Se acurrucó bajo las sábanas, sin ganas de levantarse. Pero entonces recordó que tenía que prepararle el desayuno al joven Paolo. Él nunca se acostumbraba a la comida que preparaba la señora Sofia.
Haciendo un esfuerzo, se puso de píe y bebió varios vasos de agua hasta que se sintió un poco