El invierno en Seúl era terriblemente crudo; el aire, tras la nevada, calaba los huesos con su humedad. Frente al inmenso ventanal, un hombre de figura imponente observaba el paisaje difuso por la niebla blanca que cubría el vidrio. Se estremeció de pies a cabeza. Al haber crecido en una región de eterna primavera, no lograba acostumbrarse a un clima tan agresivo.
Pensó en aquella chica, en cómo había soportado vivir en un lugar tan gélido durante tres años.
Paolo acababa de ver la hora en la c