El invierno en Seúl era terriblemente crudo; el aire, tras la nevada, calaba los huesos con su humedad. Frente al inmenso ventanal, un hombre de figura imponente observaba el paisaje difuso por la niebla blanca que cubría el vidrio. Se estremeció de pies a cabeza. Al haber crecido en una región de eterna primavera, no lograba acostumbrarse a un clima tan agresivo.
Pensó en aquella chica, en cómo había soportado vivir en un lugar tan gélido durante tres años.
Paolo acababa de ver la hora en la computadora y, atando cabos, entendió el motivo de los rastros de lágrimas en su cara.
¿Se había conmovido? ¿O vio secretos que no debía? ¿Desde cuándo había aprendido a meter las narices donde no la llamaban?
Hizo una mueca de disgusto. Sacó un cigarro y lo encendió. El humo que ascendía en espirales lo hizo sentir en una realidad distorsionada.
Vivir bajo el mismo techo con ella era una sensación maravillosa, pero ¿cuánto duraría esa paz? A la mañana siguiente debía volver a casa sin falta. El