El tiempo seguía avanzando. Pasaron los meses, cambiaron las estaciones. Las hojas que antes se habían marchitado bajo el sol veraniego comenzaban a brotar de nuevo. A la suave luz de la mañana, los retoños se estiraban, cumpliendo su silencioso deber: crear vida, alimentar los árboles y dar nacimiento a nuevas flores de todos los colores.
Incluso empezaban a aparecer los diminutos brotes de fruta.
Era un recordatorio sencillo: el mundo gira según su propio ritmo, sin importar lo que hagan las