Ya habíamos llegado hace unas horas, y la fiesta estaba en pleno apogeo. El salón era impresionante, con enormes candelabros de cristal que iluminaban el ambiente con una luz suave y cálida. Las paredes estaban adornadas con tapices antiguos de tonos dorados y burdeos, creando una atmósfera de lujo y elegancia. Las mesas estaban dispuestas con delicadeza a lo largo de la sala, cubiertas con manteles de lino blanco y arreglos florales frescos que exhalaban un perfume sutil, casi embriagador. Las