Desde el otro lado de la línea, escuché una risa baja. No era de diversión, sino de resignación.
—No te preocupes, mi niña... Solo no hagas eso de nuevo —suspiro, su tono ahora más suave, más vulnerable, como si dejara de lado toda la dureza por un momento. —Aún no te quiero perder... —sus palabras eran las que siempre me llegaban al fondo, las que no podía ignorar, las que me hacían sentir una responsabilidad inmensa.
Me senté en la cama, sintiéndome más pesada por cada palabra. La culpa no me