El beso se volvió más profundo, cargado de un calor que se filtraba hasta la piel. De repente, Valery se incorporó y, sin despegar nuestros labios, se subió a horcajadas sobre mí, con sus manos sujetando mi rostro. Mi respiración se volvió más pesada cuando comenzó a moverse sutilmente sobre mí, haciendo que nuestros cuerpos chocaran con una fricción tan deliciosa como desesperante.
Mis manos se posaron en su cintura, sujetándola con fuerza mientras ella continuaba con esos movimientos lentos y