El trayecto en el auto transcurrió en un silencio tranquilo, cargado de anticipación. No era un silencio incómodo, sino uno que hablaba por sí solo. Mis dedos acariciaban suavemente la mano de Valery, disfrutando de su calidez y la suavidad de su piel. De vez en cuando, ella entrelazaba nuestros dedos o los apretaba levemente, como si quisiera asegurarse de que estuviera ahí. Miré de reojo su perfil, observando cómo la tenue luz del atardecer iluminaba su rostro con delicadeza.
Al llegar a la