—Sí, lo sabe.
—¿Y ella está de acuerdo?
Eduardo respondió con honestidad:
—Sí, está de acuerdo.
Al decirlo, notó que alguien lo observaba y alzó la vista hacia el segundo piso.
Allí, en la esquina, un rostro delicado lo observaba con una sonrisa traviesa.
La dulce sonrisa de la mujer, sus mejillas ligeramente sonrojadas, hicieron que el corazón de Eduardo se le llenara de calidez.
Carlos suspiró en silencio.
—Si los jóvenes están de acuerdo, ¿qué podemos decir nosotros? Que estés a su lado n