—Mamá.
Eduardo la miró, sus ojos profundos, sin mostrar turbulencia.
—Antonio estaba deprimido en ese momento, sin poder contactar a su novia. Le sugerí que fuera a buscarla. Mi intención no era mala.
—Entonces, cuando te pidió que lo acompañaras, ¿por qué no fuiste? —preguntó la Señora Castro, acusadora.
—Ya había prometido a Vicente que iría a buscar a su hermana.
La Señora Castro lo acusó con voz estridente:
—¿Así que dejaste que tu hermano saliera solo bajo esa tormenta?
—¿Quién podía prev