La cabeza de la Señora Castro zumbaba, como si tambores y truenos estallaran en sus oídos.
Todos estos años, cada vez que pensaba en la muerte de su hijo mayor, pasaba noches enteras sin dormir.
Odia los días lluviosos, odia a las personas impulsivas.
Creía que la tormenta había matado a su hijo, que la naturaleza impetuosa de una mujer lo había matado.
Pero nunca culpó al automóvil que lo había atropellado.
La razón de la Señora Castro estaba a punto de resquebrajarse.
Mónica esperaba en sile