—Mónica, esto te lo dejó tu madre.
Era una carta de despedida final.
Las pestañas de Mónica estaban empapadas, su rostro lleno de rastros de lágrimas. Tomó la carta con manos temblorosas.
La letra de la Señora Flores era hermosa:
“Mónica, mi querida hija:
Haber sido madre e hija durante casi treinta años me ha hecho muy feliz. Cumpliste todas mis fantasías de maternidad; me convertiste en la envidia de otras mujeres. Todas envidiaban tener una hija tan hermosa, inteligente, educada, amable y con