Si era una acusación falsa o no, ya no importaba.
Lo único que sabía era que, aunque fuera mentira, Eduardo podría convertirla en realidad.
Solo podía culparse por no estar preparada y haber sido descubierta por él.
Había sido tan cuidadosa, tan discreta… ¿cómo pudo pasar?
A estas alturas, su habilidad no bastaba; debía admitirlo.
El hombre, sin prisa, alzó la vista.
—¿Mmm?
El corazón de Mónica se desgarraba y su voz se quebró en mil fragmentos.
—Deja a mis padres en paz. Pide lo que quieras