—¡Tiren todo lo que Carolina haya usado o tocado! ¡Tírenlo!
El odio en los ojos de Sebastián era tan intenso que se veían rojos, y un asco profundo le revolvía el estómago.
Raúl ya había tenido esa idea desde antes.
Ahora, con su permiso, junto con algunas niñeras, rápidamente metieron todas las cosas de Carolina en cajas.
Sofía subió en silencio y pronto bajó con una caja pequeña.
—Raúl, esto también tírenlo.
Eran las cubiertas blancas para libros que Carolina les había comprado a ella y a s