Esta frase tenía dos posibles interpretaciones: una, que el humo del cigarrillo que él fumaba no era demasiado fuerte, que podía tolerarse; otra, que ella podía aceptar que él fumara.
Eduardo no era tan vanidoso como para darle demasiadas vueltas.
Sin embargo, Valeria pareció entender lo que significaban esos dos segundos de silencio y sonrió con complicidad por un momento.
—No te odio —aclaró—, así que creo que puedo aceptar cualquier cosa que hagas delante de mí.
Eduardo era, podría decirse,