—Lárgate, tengo cosas más importantes que hacer —Mateo cortó la conversación y la echó como si nada.
Entre una mujer que podía usar y tirar, y el futuro glorioso de su propio hijo, la decisión ni siquiera era una decisión.
No gastaría un centavo y ya había disfrutado de ella varios días. No había pérdida.
Carolina intentó protestar:
—Mateo, no puede...
Cinco minutos después.
La echaron sin miramientos. Humillada, se tapó la cara con las manos y se refugió en su auto.
Se había arrastrado hasta M