Aquí era la capital, no Valparaíso.
A esta gente no le importaba guardar las apariencias.
Catalina dejó su copa y le dijo a Valeria:
—Vamos, volvemos a la mesa principal.
En ese momento, Josefa también le susurró a Valeria:
—Tus padres acaban de llegar.
Valeria alzó la vista para mirar.
Los señores Herrera se habían retrasado por un imprevisto.
Las tres mujeres se alejaron juntas.
Pero el mayordomo de los Vargas no se movió, y seguía observando a Carolina.
Era una clara señal: si ella no se ib