Kenneth.
Tomé su cuerpo frágil en mis brazos. Ella volvió a darme esa mi mirada, y mi corazón dio un vuelco. Caminé hasta mi cama con ella, y la dejé caer sutilmente.
Nuestras respiraciones agitadas y calientes se mezclaron al alzarme sobre ella. No entendía porque con otras mujeres me resultaba tan tedioso la jodida posición de misionero, siempre prefería tenerlas sobre mí o en cuatro, dándome una vista agradable, pero con la pelirroja en mi cama, jadeante, solo quería sentirla temblar abrazad