Capítulo Treinta y dos.
Alexander:
Las manos de Sofía acarician mi rostro antes de perderse entre mi cabello, y en ese instante, siento cómo el tiempo se detiene a nuestro alrededor, como si el universo entero se redujera a este pequeño espacio y a la magia insondable que brota de ella. La suavidad de su boca rozando la mía, la dulzura que encuentro en cada uno de sus besos, me remueven de una forma que creía olvidada, como si reviviera un torrente de emociones que mi pecho había guardado en secreto durante años.
Mi c