El edificio Franzani a las once de la noche tenía dos tipos de luz.
La de abajo: las farolas del Eixample, el tráfico reducido a su mínimo vespertino, el reflejo de las ventanas de los bares que todavía no habían cerrado.
Y la de adentro: las luces del cuarto piso y las del séptimo. Dos rectángulos encendidos en una fachada oscura que desde la calle decían exactamente lo que era verdad: que había gente ahí que no podía irse todavía porque el trabajo no había terminado.
Isidora lo miraba desde l