Comieron en un restaurante pequeño a tres calles de la estación.
No el tipo de lugar que se elige con criterio sino el tipo que aparece cuando uno dobla una esquina con hambre y hay una puerta abierta con olor a algo caliente adentro. Cuatro mesas. Un menú escrito en una pizarra. El propietario que era también el cocinero que era también el camarero, con esa concentración de funciones que tienen los restaurantes pequeños en los que la comida es siempre mejor de lo que la fachada prometía.
Comier