Isidora se despertó con una sacudida violenta, el corazón golpeándole las costillas como si intentara abrir una salida a través del esternón.
El aire en la inmensa suite se sentía denso, viciado por la calefacción central. Su piel estaba cubierta por una capa fina de sudor frío que empapaba la seda del camisón.
El sueño aún parpadeaba detrás de sus párpados pesados.
Un sueño febril, irracional, cargado con el calor sofocante de la confrontación de la tarde anterior. En la pesadilla, Matteo no la